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junio 1, 2022

Sí, también nos enojamos con Dios…

Hace poco mi perro se enfermó, fueron días durísimos porque ver sufrir a un ser que amas y al que le cuesta comprender el por qué y para qué de ciertos procedimientos, a veces supera lo que el corazón puede soportar. Al cuidarlo, he pasado muchas noches en vela, las cuales han sido una experiencia asombrosa de descubrimiento de miedos y dolores que aunque sabía que existían, no había querido aceptar su existencia.

Yo no creo en el positivismo excesivo, somos seres humanos y tenemos momentos donde las situaciones nos agotan. Pero el nivel de cansancio mientras miraba a mi perrito, que para mí es como mi bebé, enfermito y sin mejorar fue desbordante. La rabia que sentía al creer que yo había hecho hasta más de lo que podía y verlo llorar del dolor, toser de la desesperación, hizo que por primera vez gritara a los cuatro vientos lo enojada, abandonada y decepcionada que me sentía por Dios. Monchito (mi perrito) fue el detonante, pero lo cierto es que venía de dos semanas en la que todo me salía al revés, en la que yo me levantaba empoderada a trabajar por algo que al final de la jornada no se materializaba.

Recuerdo sentarme a llorar como si una parte de mí se estuviera rompiendo, mientras la frustración que me generaba el dolor de ese hermoso ser que estaba batallando para mejorarse, me terminaba de desbordar en un sentimiento de estallido personal que por dentro se sentía como una bomba atómica. Después de darme a la difícil tarea de literalmente pelear con Dios, y decirle a mi madre y padre celestial lo decepcionada que estaba de ellos, me entro un sentimiento de culpa porque en mi vida las bendiciones son tan claras que me sentía mal por el sinsentido de estar enojada por unas semanitas de pruebas a lo Desafío Super Humanos.

Pero recordé lo que siempre digo en mis sesiones, una cosa es lo que la mente racional logra analizar de manera lógica y por momentos muy verídica, y otra MUY pero MUY diferente lo que el corazón empieza a sentir cuando las emociones humanas están listas para manifestarse. Ese sentimiento, que en mi caso era una rabia y abandono profundo, era real más allá de toda la lógica positiva y agradecida con la cual mi mente buscaba minimizar lo que estaba experimentando en el momento.

Los seres humanos vivimos en dos orillas, en la de un positivismo tóxico donde creemos que solo agradecer y ver el lado positivo va a hacer que todo lo que duele desaparezca mágicamente, o desde una orilla de victima en la que culpamos al otro y a Dios de nuestras “desgracias”.

Pero la vida no es blanco y negro, tiene unos matices que si logramos comprender sin juicios nos llevan al maravilloso mundo del sentimiento, donde lo que está adentro nuestro tiene la real oportunidad de salir. Yo pasé dos semanas reprimiendo, aguantando, aplazando lo que mi corazón estaba sintiendo por miedo a aceptar que me sentía abandonada por esa fuerza sostenedora de la que tanto hablo y que me acompaña de formas maravillosa a potenciar mi vida y la de otros seres que confían en mi trabajo. De lo que no me había dado cuenta era que esa misma fuerza también quería que me desmoronara y me rindiera ante mis emociones, para así poder coger impulso y ayudarme a seguir subiendo la montaña de mi autoconocimiento y empoderamiento.

Todos los días debo curar a mi perrito, él es mi maestro de amor incondicional, cuidado, paciencia y respeto por todos los seres, me ha acompañado literalmente la mitad de mi vida, sin saberlo me ha prestado su lindo corazoncito para sobrepasar situaciones que creí me superaban, y esa noche en medio de su sentimiento, cuando lloré, exploté y literalmente me di contra el asfalto, mi perrito abrió sus ojos y me lleno la mano de besitos.

Ahí recordé que está bien sentirme derrotada y abandonada, porque es ahí donde ese Dios en el que tanto creo como fuerza amorosa, encuentra la forma de recordarme que es normal coger de vez en cuando un poquito de rabia, si no fuera así

¿Cómo carajos vamos a ir encontrando los callos para reconstruirnos y aprender a surfear con los cambios?

Te estarás preguntando para que estás leyendo esto, la verdad no lo sé. Pero sentí que debía plasmártelo porque a veces nos hacemos tanto daño al no aceptar cómo nos sentimos, nos perdemos tanto de nosotros mismos al no cuidarnos cuando la rabia, la frustración y el miedo entran en nuestro corazón, y ojo, cuidarnos no es decirnos cinco decretos para que se nos olvide cómo nos sentimos, cuidarnos es atender esas emociones, darles voz y una vez experimentamos eso que vinieron a enseñarnos, abrirnos a que esa fuente de amor en la que creemos encuentre una forma de manifestarse; en ocasiones a través de los besitos de un perrito, otras con un sueño o una caricia de alguien que amamos, y es ahí donde nos damos cuenta que en aceptar que nos enojamos con Dios hay una riqueza enorme, porque le permitimos mostrarnos su presencia en las pequeñas cosas y reaprendemos a apreciarlas, y mis amadas almas cuando apreciamos la presencia de nuestra fuente de amor en las pequeñas cosas, creer, empoderarnos y materializar se vuelve un proceso más sencillo, fluido y amoroso.

Si hoy sientes que tu vida está muy pesada, que el dolor entra en tu corazón y por más que intentas “evadirlo” sigue ahí, date la oportunidad de caerte, date la oportunidad de por solo un rato sentir eso que está ahí adentro, no te auto exijas emociones que tal vez hoy no encuentras, pero lo único que te pido es que no pierdas la esperanza de que en algún punto la luz de tu fuente de amor se va a manifestar, y lo único que necesitarás es darle permiso a tus sentidos para que lo detecten.

Hoy mi perrito sigue en tratamiento y mi corazón también, viene de un río de emociones que necesitaba expresar para limpiarse y prepararse para seguir caminando con consciencia. Tal vez tu que me estás leyendo ya lo experimentaste, estás a punto de explotar, estas en plena explosión o estas empezando a ver la luz. Lo que quiero que te lleves es que es normal a veces sentirse así, y aunque nos cueste creerlo, es normal por momentos enojarnos con Dios.

No te de miedo o culpa vivirlo, déjalo que pase y cuando estés lista reconoce qué necesitas darte para que tu corazón empiece nuevamente a cerrar heridas, sanar y desintoxicar el cansancio que estos momentos dejan.

Recuerda que el arco iris solo sale después de la tormenta, cuando el sol está listo para brillar otra vez. Y todos inevitablemente llegaremos allá si nos damos a la tarea de ir adentro.

Te envío un abrazo cargado de amor para que tu corazón siempre encuentre el camino hacia tu luz.

¡Aquí estoy siempre para ti!

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